Después de lo de Cancún pensé que no volvería a verlo, pero un día apareció cuando yo salía de un ensayo, por la tarde. Yo tenía un papel breve en una nueva obra, el de una bailarina de clásico que era perseguida por un escenógrafo psicótico, viejo, feo y jorobado, y terminaba volviéndome loca como él. Ensayaba cinco días a la semana. Pero, el colmo de la ironía es que ahora era perseguida por un hombre cuarentón.
Bueno, para ser exacta, cuarenta y dos, sólo que, al contrario de la obra éste está muy bien conservado, es burgués, guapo a morir, un poco más alto que yo y espléndido con ganas. Además de ser un tipo con una gran cultura, inteligente, gran sentido del humor y dedicado a la vagancia lujosa, algo así como un dandy.
Me asedió por algún tiempo sin que yo lo supiera, pero cuando lo vi de cerca, esa tarde de vientecillo raro, frente a mí, me llevé tremendo susto y una impresión extraña. Él, a quien llamo "El hombre Mercurio", porque éste es mi planeta favorito, llevaba suéter amarillo, pantalón negro de algodón y zapatos de goma. Yo iba con un vestido cortito y rojo, con estampado discreto, recto a la cadera y amplio de abajo, de tela vaporosa para días de calor. Tito me vacilaba por fastidiar, porque según él, el vestido era demasiado corto, y sí lo era pero no tanto. Es un minivestido que me encanta porque hace lucir mis largas y bien formadas al máximo. Esa tarde yo caminaba por el parque México, cuando de pronto me tomó del brazo «La acompaño, siñorina» dijo en un italiano elegante. Después de menudo susto, sentí rechazo, gusto, emoción, recuerdos excitantes, todo, a modo de película rápida pasó por mi mente y por mi cuerpo. No pretendía volver a verlo. Me dijo que había quedado enamoradísimo de mí y todas esas cosas mientras caminábamos. Yo le supliqué que no insistiera que ya no era posible nada entre nosotros, que lo de Cancún había sido eso, un encuentro bello, azaroso, de dos personas con ganas de entregarse al sexo y nada más. Así estuvimos un rato, trataba de besarme y yo lo rechazaba aunque en el fondo lo deseaba de nuevo como lo deseé en la playa y en aquella fiesta de una casa lujosa de arquitectura muy moderna allá en Cancún. Se detuvo para decirme, en voz baja, que había investigado mucho hasta encontrarme, que me había seguido varias veces pero que ya no aguantó más y estaba aquí para mirarme de nuevo. Sentí que el mundo se derrumbaba, lo miré a los ojos, a casi medio metro de distancia que estábamos, al verme en sus ojos recordé la primera noche que pasamos juntos, el modo en que me hizo el amor, con ternura, dulcemente. Lo tomé de la mano y así caminamos mientras hablábamos. Después de darle algunas vueltas al parque, nos sentamos en una zona un poco oscura del parque, discutimos sobre su insistencia, que prometimos no buscarnos nunca. Insistió en su pasión por mí. Me levanté como queriendo huir y no, se llevó las manos a la cabeza como desesperado, le dije que lo sentía, pero se levantó rápidamente, me abrazó, lo abracé, me besó con mucha desesperación en la boca, me separé un poco, luego lo besé con suavidad en los labios para despedirme, puso sus manos en mi cintura, las bajó por mis c! aderas, las subió, me besó apasionadamente, lo abracé rodeándole el cuello, me apretó contra su cuerpo que sentí cálido, bajó sus manos por el contorno de mis caderas hasta el borde del vestido, me lo subió, acarició mis piernas, la piel de mis nalgas, mi sexo por encima del bikini rosa de lycra. Lo detuve. Nos abrazamos fuertemente, volvió a comenzar, me besó mordiendo mis labios, luego el cuello, debajo de la barbilla, los labios, otra vez me levantó el vestido que ya estaba bastante subido y nuestros besos subieron de tono al tiempo que se hacían más duraderos. Sentir sus manos en mi piel, en la piel de mis piernas al tiempo que me besaba de esa manera me perdía enloquecidamente. No pude contenerme, era un tipo guapo que me ponía candente, había hecho el amor con él en Cancún, en un momento de incontenible excitación. Mientras introducía su mano en el bikini rosa y acariciaba mi sexo, en esa zona oscura del parque, me pidió que pasáramos la noche juntos, me negué, aunque ! lo deseaba tanto como deseo todos los días a Gordon a quien sí amo. Pero a este forastero no, sólo me apasionaba. Me reacomodé como pude el vestido, vi cómo sobresalía el bulto de su pene, lo besé con suavidad en la boca y le acaricié el pene por encima del pantalón, luego volví a abrazarlo fuertemente contra mí. Se sentó en la banca y me sentó en sus piernas nos besamos durante largo rato, me acarició íntimamente y yo gocé esa noche en ese parque. Nos fuimos, me acompañó hasta mi casa. Sólo que antes de llegar a nuestro destino se estacionó en una plazuela cercana a mi casa. El vientecillo trajo consigo una lluvia pertinaz. Él traía un carro azul de un solo asiento. Al momento de estacionarse pensé que hablaríamos más pero no fue así, sacó de la bolsa de su camisa una gargantilla de oro realmente hermosa, me la puso y antes que le dijera gracias pero no debes... me besó con la misma pasión que algunos meses antes, que una hora antes. Me acarició sin más los pechos que desnudó discretamente, acarició mis piernas, mi sexo fue suyo entre sus dedos, besó mis piernas, mis pechos, mis labios. Ni cuenta me di que me había bajado hasta la media nalga el bikini rosa. Nos besamos muchísimo, quedamos enrojecidos y sentí hinchados los labios. Recuerdo mucho el momento en que acariciaba mi cara con sus dedos, como jugando y rozaba mis labios con sus dedos hasta que metió su dedo índice en mi boca y con mi lengua jugué con su d! edo como si hubiera sido su pene. Me excitó muchísimo hacer eso. Nos vimos un par de ocasiones más, en la siguiente, dos días después, estuvimos a punto de hacer el amor en la oscuridad de las afueras de la Alberca Olímpica. Yo tomaba clases de gimnasia el día que no ensayaba teatro, pasó por mí como a la siete y media, entrada la noche. En cuanto salí de la puerta, se acercó, me dio un beso en la comisura de los labios, luego me tomó por la cintura, me llevó hacia una esquina solitaria y comenzó a besarme sin darme tregua, yo traté de detenerlo pero no me dejaba. Ese día yo llevaba una minifalda cortita, color crema tipo escocesa, con botones al frente y una blusa blanca sin mangas. Me desabrochó el botón superior de la blusa para besarme donde comienzan mis pechos, sabía excitarme al máximo, sabía que besarme el cuello y el hombro, sobre todo el izquierdo, me calienta de manera incontrolable. En aquella esquina oscura me desabrochó los botones de la falda, introdujo su mano por debajo del bikini estampado que llevaba, jugó con mi cl! ítoris y metió su dedo en mi vagina. Yo gemía suavemente y mordía sus labios mientras su dedo índice entraba y salía de mi vagina a ritmo lento; y cada vez me humedecía más y más. Quise detenerlo por miedo a ser vistos pero continuábamos. Mientras besaba mis pechos me bajó el bikini, se inclinó, me besó las ingles y el sexo húmedo, me quitó completamente el calzoncito, lo guardó en la bolsa de su pantalón. Volvió a besarme el sexo, lo detuve. Se levantó, le bajé el cierre y tomé su pene entre mis manos, se lo acaricié y me pidió que lo introdujera en mi boca. Lo hice en el motel más cercano que encontramos. Fue una noche de esplendor sexual. Me di cuenta que no teníamos nada en común. No obstante, creí que me arrepentiría pero no fue así. En el último encuentro que tuvimos, un par de días más tarde, me invitó a un restaurante muy elegante en Coyoacán, con ambiente íntimo y música de piano, yo fui esa vez muy sexy, con un vestido beige, recto, corto, que me llegaba a media pierna, escotado de la espalda dejaba mis hombros desnudos, también me puse pantimedias transparentes, muy finas y tersas, además un saco tipo sastre verde olivo; él iba de traje negro muy elegante, sin corbata. Durante la cena me quité el saco, miró la desnudez de mis hombros, me besó sensualmente el hombro derecho, comenzaba a enloquecerme de nuevo. Crucé las piernas, me acerqué a él, recargué mi brazo derecho sobre su hombro izquierdo y con mi mano acariciaba su cabello y su oreja. Él puso su mano izquierda en mi pierna, me acariciaba deslizando su mano por debajo del vestido, lo hacía con discreción, provocativamente. Después de algunas copas de vino blanco y por el modo en que nos mirábamos, irremediablemente nos besamos, conversamos, nos besábamos, besaba mis hombros, mi cuello, excitándome, me ponía como hervidero de pasiones, me acarició íntimamente, el vestido ya lo tenía muy subido, le excitaba mirar mis piernas largas, acarició mi sexo ligeramente con la yema de sus dedos, lo detuve. Así estuvimos a pesar de la gente que la verdad ni nos miraba. Le pedí que me llevara a casa, pero me besó el cuello hasta que enrojecí demasiado, lo besé también en el cuello, lo abracé, ! me acarició de nuevo por debajo del vestido mientras nuestras bocas se unían en un beso rotundo e interminable. Su lengua y la mía se rozaban y jugueteaban en una pasión incontrolable. En fin, fue una velada inolvidable. Fuimos a un hotel de lujo, la noche fue mágica, lo hicimos larga y apasionadamente un par de veces, tenía la fuerza de un joven de veinte y la experiencia de todos los años del mundo. Era un excelente amante. Algo que me provocaba arder fervorosamente con él, era que me besaba los labios al mismo tiempo que me penetraba hasta el fondo. Por la mañana, después de bañarnos y de hacerlo de pie, cosa que nunca había hecho y me encantó, mientras nos vestíamos para dejar el hotel, antes de que le explicara que ya no era posible que nos viéramos más, se adelantó para decírmelo por motivos que ambos entendíamos, yo le había mencionado que amaba a Gordon y llevaba más de medio año con él. Todo quedó comprendido. Me invitó a desayunar, caminamos por varias tiendas de ropa, me compró un vestido muy corto, un poco entallado, aunque no me gustan así, éste era elegante y casual. Me sugirió que me lo pusiera para que desayunáramos y él se compró ropa sport. Yo quería darle gusto. Caminábamos tomados de la mano, me encantaba cómo rozaba la piel de mis piernas con sus dedos, en ocasiones acariciaba mis caderas mientras ponía sus ojos fijos en los míos. Me derretía esa escena. Yo volvía a acomodarme el vestido y continuábamos nuestro recorrido. Nos divertíamos mucho en las escaleras eléctricas, yo de frente a él en el escalón superior, entonces él me besaba pasando sus manos por mis nalgas por encima del vestido que se subía muy sugestivo. Claro que no faltaban las miradillas de la gente pero no nos importaba. Después de un rato salimos y me dijo que me llevaría a donde quisiera. Le pedí que me dejara en san Ángel frente al Sanborns. Me llevó por las calles solitarias de una colonia que hasta ese momento no conocía y que se llama Chimalistac, caminamos por un puente de piedra que me gustó muchísimo. Luego fuimos a comer por los rumbos de san Jacinto, compramos unos anillos tejidos que nos vendieron unos indígenas y más tarde me obsequió uno de oro, hermosísimo. No podía negarme a su regalo, me tenía embobada con su trato fino, delicado y sensual. Sus manos largas y delgadas sobre mi cuerpo, era algo inolvidable. Le pedí que regresáramos al puente de piedra y así lo hizo. Ése sería el lugar mágico para la despedida. Llegamos ya entrada la tarde, empezaba a oscurecer, caminamos abrazados, apasionados, nos besamos mucho sobre el puente, me recitó de memoria un poema de amor, estupendo, del cual sólo recuerdo en este momento el final bellísimo: Quiero hacer contigo / lo que la pri! mavera hace con los cerezos. Y lo hizo. Pero llegó la hora de despedirnos. Comenzaba la noche. La calle estaba realmente solitaria, vacía. Hicimos el amor dentro de su coche, nunca lo había hecho así y la excitación y el desafío de hacerlo ahí me animaron enormemente. Todo comenzó porque habíamos hecho muy larga la despedida. Según nosotros después del desayuno cada quien tomaría su camino. Así que nos besamos con gran pasión, acariciaba la piel de mis piernas con delicadeza, sumía su mano izquierda en la entrepierna para subirme el vestido y tocar mi sexo húmedo. Se lo permitía y las abría un poco. Nos abrazábamos y nos quedábamos así; de pronto yo miraba hacia el exterior por si alguien se acercaba. Deseaba que alguien nos espiara. Luego se bajó los pants y no traía nada debajo. Al ver desnudo su pene erecto y enorme, no pude decir que no a lo que sucediera, nada me importaba ya. No dejaba de mirar su pene y lo apreté con las manos, lo masajeaba y se ponía más duro cada vez.. Prendió la radio a muy bajo volumen, escuchamos a Ella Fitzgerald! . Yo me recosté sobre sus piernas desnudas, comencé a besarle el pene grueso y grande. Le dije con voz segura y sensual «quiero besarte la verga, ¿puedo?», y me contestó «sí mámame la verga», dilo y le respondí «sí te mamo la verga», entonces la introduje en mi boca, la tuve así un largo rato, se la mordía y la metía ansiosamente en mi boca. Mientras yo le hacía eso, él acariciaba mis nalgas, mis piernas, hasta que de pronto introdujo un dedo en mi culo, lo movía de manera circular, lo metía y lo sacaba una y otra vez, me derritió de placer. Con la otra mano acariciaba mi cabello y empujaba ligeramente mi cabeza hacia su miembro. De inmediato me poseyó como el gran amante que era, con penetraciones profundas y constantes, jadeábamos, mordía mis labios, me empujaba hacia su miembro con sus manos en mis nalgas. Tuve un orgasmo completo, emocionantísimo. Él también se vino, sentí nuestros líquidos sexuales en mi interior, en todo el vientre, en todo el cuerpo. Le pedí que no se! saliera, que dejara su verga dentro de mí, lo más que pudiera. Después de hacer el amor nos quedamos en silencio, sentados muy juntos, él puso su mano entre mis piernas, yo mi cabeza en su pecho Luego me puse el bikini de lycra y el brassier, me acomodé el vestido. Nos besamos durante largo rato, acarició mis piernas sin parar. Conversamos sobre nuestra despedida, su mano entre mis piernas me excitaba pero llegaba el momento triste de decirnos adiós. En realidad no queríamos despedirnos. Salí del carro, me despedí, me acerqué otra vez, le di un beso largo, se separó, abrió la puerta, salió, me colocó junto a él, me levantó el vestido, me acarició las piernas y las nalgas, me besó profundamente. Nos separamos otra vez, le envié un beso con la mano. Estábamos muy excitados, candentes. Tomó mi mano, di un giro y quedé de espaldas a su cuerpo, se apretó contra el mío, me subió el vestido, me besaba la nuca y el cuello, sentí su pene erecto en mis nalgas, se bajó los pants y metió su pene entre mis piernas, comenzaba a bajarme el bikini pero lo detuve. Continuó besándome, me bajó totalmente el bikini, me abrió las nalgas y ahí lo colocó, comenzó a moverlo, me incliné un poco y me introdujo el pene totalmente en mi sexo que ardía de nuevo, cerré los ojos y me dejé llevar por el ritmo de su verga, yo estaba enrojecida de excitación, me penetraba con fuerza y me hacía gemir irremediablemente. Sentí cuando se vino, cómo me r! ecorría su semen caliente. Apretó mis nalgas, dio un gemido y salió de mi vagina. Me volví hacia él y nos besamos apasionadamente. Nos quedamos abrazados un rato. Nos miramos de frente con los ojos fijos uno al otro. Me fascinaba su mirada de niño triste. Su cuerpo era algo fornido pero musculoso. Me bajé el vestido. Nos metimos al carro de nuevo. Era peligroso dejarme ahí, se había hecho bastante tarde. Me dejó en el Sanbonrs de san Ángel. Nos despedimos con muchos besos. Lo vi alejarse con la sensación de que se llevaba algo mío. Sonreí triste. Caminé como extraviada, temblorosa, agitada, con las mejillas rubicundas, sentía que todos los que pasaban junto a mí, habían visto lo que pasó. Me excitaba pensarlo. No sabía qué hacer, no quería estar en ninguna parte, lo deseaba más y con más fuerza. Quería alcanzarlo. No lo hice. Sentí húmedos los ojos. Subí rápidamente por la escaleras hacia adentro de la tienda, en un estado de desesperación y tristeza. Compré la poesía amorosa de Rilke.