Lucía y el dueño de la piscina



Por jade

Mi nombre es Lucía, tengo 23 años y cuando ocurrió esta historia yo tenía 16. En verano siempre íbamos al pueblo de mi padre, que a mí me encantaba, y pasábamos allí los 2 meses de julio y agosto.
Un año cuando llegamos al pueblo yo me dirigí directamente a la piscina donde se encontraban todos mis amigos y amigas y me estuve bañando con ellos. Cuando se hacía de noche y de camino a casa me di cuenta de que había perdido la chaqueta o que más bien la había dejado olvidada en el vestuario de la piscina así que no tuve más remedio que volver porque sino mi madre me mataría. Corrí todo lo que pude para llegar antes de que cerrasen y por suerte lo logré. En la puerta había un hombre de unos 40 años, pelo canoso y engominado hacia atrás, con un traje de color beige y gafas de sol oscuras. Me acerqué para pedirle que me dejase entrar en el vestuario a coger mi chaqueta, a lo que él accedió a disgusto, dentro del mismo busqué y rebusqué sin mucho éxito y al girarme para ir a la salida vi a aquel hombre detrás de mí mirándome con la mandíbula desencajada. ¿Qué miraba? ¿Tanto le gustaba mi culo? ¿De qué iba todo aquello? Le pedí que si me dejaba entrar al recinto a buscarla y al pasar al lado del chiringuito vi algo extraño y me agaché para ver que era. Cuando me quise dar cuenta tenía el enorme rabo de aquel ser tan excéntrico pegado a mi culo y en lugar de violentarme o de enfadarme, me halagó, me excitó, me gustó tanto que empecé a mover mi trasero de un lado hacia otro, restregando su polla contra él. Justo después me bajó las bragas y comenzó a rozar mi clítoris con cu mano, al principio muy suave y muy despacio y a medida que veía que me excitaba iba cogiendo ritmo. Por mi cabeza solo pasaban ideas absurdas tales como virgen hasta el matrimonio o que te quedarías ciego si te masturbabas con la imagen de mi abuela desdentada en mis retinas. De repente sentí como uno de sus grandes dedos atravesaba todo mi ser y una sensación entre dolor y placer que me confundía aún más. Dentro, fuera, dentro y fuera otra vez era algo que nunca había experimentado, en otras ocasiones había jugado con mi cuerpo pero no hasta el punto de introducirme un dedo dentro. Me agarró con fuerza y me levantó por completo del suelo empotrándome contra la barra de aquel bar de piscina. Me miró y me dijo:
-¿Has hecho antes esto?
-¿El qué? ¿Enrollarme con un desconocido?
-No, follarte a un desconocido.
No supe ni que contestar, era la primera vez en mi vida que alguien me dejaba sin palabras. Tras una breve reflexión le dije:
-Nunca lo he hecho con nadie, ni conocido ni desconocido.
Él se apartó de mí, me subió las bragas y se dio media vuelta. Le pregunté a donde iba y se volvió a acercar a mí para contestarme:
-Eres aún muy niña para probar lo que tengo escondido en el pantalón.
Volví a reflexionar otro segundo y empecé a correr detrás de él, le empuje contra la pared y le dije que no era ninguna niña y que se lo demostraría cuando quisiese. Y en se momento me fui, iba dando bandazos por la acera camino a casa pensando en ese viejo verde que me había rechazado y dejado a la mitad.









Tenía 16 años y ya era hora de experimentar que era eso del sexo que a los adultos les llamaba tanto la atención.
Estaba llegando al aparcamiento cubierto que había al lado de mi casa cuando un coche que estaba aparcado me dio las luces, era un BMW oscuro, me hice la loca como si aquello no fuese conmigo y en la penumbra del aparcamiento una voz rompió el silencio que me rodeaba para decir.
-Espero que en estos 15 minutos de trayecto hayas madurado porque he pensado que ya no eres una niña sino una mujercita.
Al principio me asusté, ya que no veía nada, pero reconocí su timbre de voz y su tono arrogante. Me acerqué y me dijo:
-Creo que es un buen momento para demostrármelo.
Me monté en el coche y empezó a mirarme, me miraba como lo había hecho en el vestuario de la piscina, con lujuria, con ansias de probarme y le dije en un ataque de soberbia:
-Soy una mujer y te lo demuestro aquí mismo si hace falta.
Sin ni siquiera darme cuenta lo tenía abalanzándose sobre mí, sin darme tiempo a creer las palabras que yo misma había dicho segundos antes.
Me besó con fuerza y con pasión, con más pasión de la que nunca me habría imaginado, me bajo de nuevo las bragas y comenzó a bajar el asiento para ganar espacio y comodidad. Abrió mis piernas dejando al descubierto mi coño y empezó a agacharse para acabar lamiéndolo. Sentí como si todo mi cuerpo se erizase de excitación y como un cosquilleo muy intenso que me llevaba a otro mundo, al mundo del orgasmo.
Después de ponerme a tono se incorporó y levantándome con una mano se puso él en el asiento y yo encima de sus piernas. Mientras me miraba fijamente a los ojos como si se fueran a esfumar de un momento a otro me dijo:
-¿Te ha gustado lo que te he hecho?
-Sí-contesté intentando recuperar el aliento.
-Ahora quiero que hagas tú lo mismo, agáchate, bájame la bragueta y métete mi polla en la boca.
Le miré, me negué y me bajo las piernas de encima de las suyas hasta acabar tirada en el suelo del coche a la altura de su paquete. No me resistí ya que tenía tantas ganas como él. Respiré bien profundo e introduje su pene en mi boca mientras él me cogió por la cabeza y me dijo:
-Tienes que hacerlo suave, sin prisa que no se acaba el mundo. Intenta esconder tus dientes para no hacerme daño.
Tranquila, despacio repetía sin cesar mientras su respiración se iba acelerando a medida que yo sacaba y metía su polla en mi boca. Cuando estuvo dura me cogió por los brazos y me alzó hasta colocarme encima de sus piernas, me rodeo con sus brazos para coger algo de la guantera del coche, me miró, se puso el condón, me volvió a mirar y me dijo:
-Quiero que ésta sea la experiencia más grata de tu vida y que no la olvides nunca. Si te hago daño me lo dices y lo dejamos, ¿de acuerdo?










-De acuerdo-contesté mientras varias dudas y nuevas preguntas asaltaban mi cabeza, pero estaba tan caliente, mi cuerpo ardía en deseos de tenerle dentro de mí y sabía que si aquella noche me negaba sería la única ocasión que tendría para estar con él.
Me excitaba, me gustaba, sabía como hacerlo bien, no era ningún niñato eyaculador precoz como los que más tarde conocería en cualquier discoteca. Tocaba cada centímetro de mi piel como si no hubiese ninguno más, besaba cada palmo de mi cuerpo como si sólo existiésemos él y yo.
De pronto me penetró, sentí un gran dolor que recorrió todo mi ser y de un salto se volvió a salir de mí, entonces yo misma la introduje en mi coño y entre gemidos de miedo, dolor y placer levantaba y bajaba mi cuerpo al ritmo que sus caderas me marcaban. Esa sensación de ponerse el mundo por montera, de sentir que ya no queda nada más que ese momento y de creer en que no tendrá fin se desvanece cuando llegas al éxtasis, cuando llegas al tan esperado orgasmo que te catapulta por encima de todas las sensaciones y vivencias anteriores. Me corrí como nunca en mi vida he vuelto a hacerlo y lo disfruté como tampoco nunca he vuelto a disfrutarlo.
Cuando me aparté para buscar mis bragas entre el asiento del coche me di cuenta de que el traje beige tan bonito que llevaba mi casanova se había bañado en sangre, definitivamente mi virginidad se fue con aquel traje caro de un color horrible pero que le quedaba de muerte y más con mi seña en la pernera del pantalón marcada.



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