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Mi graduación de puta



Por Erick y Vero


Como me gradué de puta.
Que era muy puta ya no tenía dudas, pero no era certificada, y eso fue lo que mi marido yo buscamos lograr en Rio de Janeiro.
De alguna manera él se enteró de unas boates en una calle de Copacabana llamada el Beco das Garrafas. Y fue a conocerlos, eran tres locales, no de segunda, eran como de quinta, pero con clientela de primera. Ahí las mujeres, (de la casa y clientes) podían andar semidesnudas o desnudas, las agarradas eran en los bancos y ahí mismo cogía el que quería. Se llaman: Baccarat, Don Juan (desaparecido) y el New Munich (el mas salvaje). En la región había otras, pero ninguna tenía el ambiente liberal de éstas tres.
Y una noche me llevó a conocer el Baccarat, a donde llegué borrachita (no por necesitarlo, sino por andar celebrando), nos sentamos al fondo. Era como me había contado, bastantes clientes y putas, todos mezclados. Algunos medio desnudos, otros metiendo mano. Enfrente de nosotros, un hombre de traje y portafolio estaba en éxtasis siendo mamado (Sin duda una “rapidita” antes de llegar en casa) Y comencé a abrir la ropa y mi marido a meterme las manos, contenta quedé con la blusa abierta y las chiches a la vista. Y la falda a la cintura. Como vi que nadie se importaba, decidí que yo menos.
Así, colaboré a quedarme solo de tanga y zapatos, y a ser manoseada de pie, por momentos de frente al salón, en otros de espalda, para enseñar mis nalgas y mis tetas. Y claro, sin la tanga, enseñando el mono peludo.
Vino el show, uno de sexo en vivo con varias parejas cogiendo en el mini-escenario. Eso terminó de calentarme y me bajé a mamarle la pija a mi marido. Los vecinos que estaban de mi lado, al verme de nalgas hacia su lado, creyeron que era una invitación, y por turno me cogieron. No me inquieté… el lugar era para eso…
Muy buena experiencia. Regresamos otras veces, y me dediqué a ver como trabajaban las puchachas de los tres locales, como se aproximaban a los clientes potenciales, que vestían, que tomaban, como y cuanto cobraban, etc.
Ya sabiendo cómo, y para “practicar la técnica” varias veces (discretamente para no irritarlas) me acerqué y me ofrecí a algún tipo. Y otras estuve tomando copas con alguno.
Un día, entramos como clientes y mi marido me ofreció al mesero como propina. Él aceptó y me chingó en el baño… (Que risa después, era incomodísimo)
De paso aprendimos como era la fauna de esos lugares. Había varios personajes: las putas habituales y los hombres que iban a cogérselas, las esporádicas, sus clientes más o menos fijos. Los aventureros, los estudiantes, jodidos y calientes con frecuencia pajueleándosela.
Y las parejas aventureras. Con éste grupo intercambiamos varias veces, yo me sentía superior, porque ya tenía más experiencia y colmillo. Y desvergüenza.
Después de las primeras veces, siempre que fuimos caminé vistiendo únicamente la tanguita y zapatos. Con frecuencia sentía manos paseando por mis nalgas y alguna aventurera por los pechos. En el Baccarat, al coger sentada, siempre me sentí toda manoseada, en particular metiendo los dedos por la chucha. Siempre había los vecinos que aprovechaban ese momento.
Recuerdo una vez que al regresar del baño, me llamaron unos marineros extranjeros, parecían nórdicos. Por señas me pidieron que levantara el vestidito obviamente para verme las nalgas. Lo levanté con las dos manos girando lentamente, uno de ellos me bajó los calzones y me acariciaron. No se decidieron a más.
Bueno, ya sabíamos bien como era. Una noche estábamos llegando, indecisos acerca de a donde entrar, cuando vimos un “explorador”, un joven que se aproximaba en la calle a mujeres no acompañadas y las invitaba a “trabajar” en el local. Mi marido lo vio y me propuso acercarme y proponerme. Me agradó la idea y lo hice. Iba vestida con un mini vestido y blusa adecuados. Me llevó con el “gerente” que me aceptó y comencé a circular.
Pronto ya estaba sentada haciendo beber un cliente. (¡Mi primer cliente como profesional!) y después otro. Además de beber los dos no pasaron de pasarme la mano por las piernas. El tercero fue mi marido, seguimos el protocolo y a seguir semi-encuerada, me cachondeó a conciencia, y me pagó.
La joya de la corona vino unas pocas semanas después. Estábamos en el Baccarat, circulando para placer de mi marido que le gusta mucho verme caminando desnuda en público, cuando me dijo:
¿Qué te parece si vas con el gerente y le preguntas si puedes venir a trabajar otro día? Lo pensé un poco y acepté. Me aproximé como andaba y pregunté si podría trabajar. El hombre me vio seriamente, aceptó.
El día marcado, llegué vistiendo un vestidito sencillo de botones al frente, y tanga; mi marido me acompañó cerca, me vio entrar y se fue a un cine. Yo entré, saludé al gerente y meseros (ya sabía lo importantes que son para las putas, pues ellos son los que encaminan los clientes o atienden pedidos)
Unas dos horas después el negocio abrió formalmente y comenzaron a llegar los clientes. Cuando llegó mi marido me le acerqué conforme el protocolo: ¡Holaaa…! ¿Solo? ¿Acepta compañía? No gracias –respondió- (y agregó murmurando ¿Cómo te sientes? Bien –respondí- tranquila. Bueno, vamos a esperar un rato) Con eso regresé a mi lugar. Pasaron los minutos y ví como otras también se aproximaron.
Entre los clientes destacaba un cabrón escandaloso, ya acompañado por una rubia oxigenada y vistosa. Vi cuando mi marido fue al baño coincidiendo con el hombre. Y salieron platicando como amigos de borrachera. Todas oímos cuando el tipo invitó a mi marido a tomar unos tragos.
Un poco tiempo después uno de los meseros me avisa que ellos me estaban llamando. Fui de inmediato y me encontré que éramos la rubia y yo las escogidas para alegrarles la noche. Y el cabrón me tocaba a mí.
Sin tardanza, la rubia se quitó la falda y la blusa, sentándose junto a mi amor, que sin dudar, le quitó la tanguita y comenzó a moverle las tetas para cogérsela poco después.
Mi “cliente” primero me examinó de pie para verme y evaluar la mercancía. Me aprobó y de pie se sacó una manguera gruesa para mamársela, lo que hice sin titubear en cuanto me quitaba el vestidito. Después se sentó y me quité la tanga y me colocó sentada sobre él, chupando los pezones y con el palo bien metido, me movía empujándome las nalgas, fácil porque soy pequeña. El cabrón era incansable!! ¡No se le bajaba la verga! A seguir, de pie atrás de mi, me comió de nuevo inclinada sobre el banco, nuevamente moviéndome por las nalgas (Le gustaron!). Con algunas caricias a mi hoyito apestoso. Me preparé para darlo.
Pero no fue así, quiero decir, sí lo di (pero no a él) cuando se sentó de nuevo, con la pija bien dura, me dijo: ¡Ven cabrona, mámame! Y aún de pie, me incliné a chuparle el palo. Estando así, sentí unas manos en las nalgas. No podía ver quién era, pero como mi cliente no reclamó, asumí que estaba de acuerdo, y no hice nada, dejé hacer. Sentí algo entrando por mi coño, no sabía si eran dedos o verga, y un roce de piernas. Cuando sentí manos en el rabo, supe que no eran dedos, alguien más me estaba cogiendo. Como una buena perrita simplemente moví un poco más la ancas. El que tenía atrás, también comenzó a meter los dedos por el culo, y poco después, me la metió por ahí, o como se dice vulgarmente: ¡Me enculó!
Cuando terminaron, vi que había sido mi esposo, quedamos sentados, no, ellos estaban sentados en los bancos, yo encuerada sentada en las piernas de mi cliente, abrazándolo.
Ahí él comentó viendo mi marido: ¡Ah que hija de la chingada, esta es una puta, muy puta!
Él no podía ver mi cara, así que sonriendo le cerré un ojo a mi marido, que solo respondió:
¡Si, es bien puta la cabrona!
Poco después, aprovechando una distracción, nos salimos discretamente, como si me estuviera llevando a un hotel.
¡Pude realizar una fantasía y quedamos felices! Vero eglu@hotmail.com

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Gracias a Erick y Vero por enviarnos el relato.
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