A veces recibo correspondencia generalmente de lectoras y de las cuales contesto en la medida de mis posibilidades y el tiempo. También cuentos, poemas, confesiones y sugerencias. Hoy recibí esta carta que transcribo tal cual:
“...Hace algunos años tuvimos una breve historia que te contare como un cuento. Seguramente no tienes idea ni te acordaras de mi, pero déjame tratar de hacerte recordar. Me llamo Paula y en verdad, estoy acostumbrada y me encanta, oír piropos que me halagan de mis compañeros de trabajo y aun más por la calle. A ti te conocí de vista un día que fuiste a General Electric a ver a mi jefe y al salir me dijiste unos cuantos. Lo cierto es que llamaste mi atención. De unos 45 años me parecías muy atractivo, fuerte, alto y con unos ojos color del tiempo, pero se puede decir que simplemente me gustaste, como otros y nada más, no como para dormir contigo: ...Un día festejamos el cumpleaños de unos amigos y nos encontramos ahí. Me saludaste y no dejaste de mirarme en toda la noche. Yo sabía que te gustaba y mucho, no me importaba que te quedaras mirándome, en el fondo eso me halagaba. Buscaste la manera de acercarte y con cierto disimulo lo conseguiste. Estaba sola sentada alrededor de una mesa fumando, sin pedir permiso te sentaste naturalmente junto a mí. Así permanecimos un buen rato en silencio, luego comenzaste a charlar sobre la fiesta y te seguí la conversación comentando cosas sin importancia mientras me servias y tomábamos varias copas de vino. Cada tanto me dedicabas varias frases típicas de quien busca intimar. Qué bien te queda ese vestido. Gracias, te sonreí agradecida. Eres la rubia más hermosa de la Tierra, insististe. Marcos, no exageras un poco -te contesté riendo. No, yo creo que no exagero nada. Tienes una cara preciosa y un cuerpo divino. Creo que físicamente eres perfecta... Yo creo que estas bebido... Después de todas tus hermosas frases, la fiesta acabó, pero querías continuar con tu fiesta particular. Acercándote me dijiste al oído: ¿Me darás un beso de despedida? ¡Claro! - dije amablemente. Te di dos besos en las mejillas. Cerraste los ojos para captarlos con toda su intensidad, pero no era exactamente lo que querías. Quisiera un beso más recordado. Quiero tener un recuerdo del sabor de tus labios. Quiero besarte en la boca Yo te aclaré amablemente que eso no podía ser, pero insistías una y otra vez rogándome. No Marcos, no seas tonto -te increpé. Volviste a insistir una vez más. ¡Vamos...! solo un beso... Un besito... Volví a negarme diciendo que no estaba bien, que te apreciaba mucho, que me gustabas, pero que éramos dos personas comprometidas. Solo un beso, te lo suplico... No, no insistas, por favor. Solo quiero saborear esos grandes labios, sentir sus caricias en los míos ¡De acuerdo! pero solo uno te dije quizás algo desinhibida por las copas de vino bebidas. Como había muchísima gente allí no podíamos. Me tomaste de la mano y fuimos hasta el sector de servicio, donde se guardan los productos de limpieza. ¿Qué haces? - pregunté. Aquí no nos molestará nadie. Espera, solo nos íbamos a dar un beso ¿no? Si claro, pero aquí es mucho más discreto, ¿no te parece? -me aclaraste. Abriste la puerta que estaba sin llave y entramos, encendimos la luz de aquel reducido espacio y cerramos la puerta. Aquel lugar, algo sórdido y estrecho, tiene un olor característico a productos de limpieza, una mezcla de lavandina y detergentes. Aun hoy cada vez que entro en él, vienen a mi mente los recuerdos de ese día, incluso su olor. Debo reconocer que nada más cruzar la puerta de aquel cuartito, mi corazón palpitaba emocionado, estaba excitada y algo nerviosa por la situación. Me agarraste por la cintura y mirándome tiernamente me dijiste: ¡Me gustas! Te deseo enormemente, quizás porque presiento un deseo oculto que espera. Qué pena que no te vuelva a ver... Porque Marcos... No me dejaste continuar, pusiste tus dedos sobre mis labios, y me sonreíste con dulzura. Me levantaste la pera y nos quedamos mirándonos a los ojos. Tú eres mucho más alto que yo, me apretaste contra tu cuerpo y sujetando mi cintura posaste tus labios en los míos. Fueron unos segundos, pero me parecieron eternos. Una infinita ternura se desprendía del alma hasta mis ojos, me separé de tu boca y aplaste aun más mi cuerpo contra el tuyo. Lo que iba a ser un simple beso se convirtió en uno prolongado y ardiente, solo que ahora tomaba la iniciativa. Recuerdo perfectamente que en cierto momento crucé mis brazos alrededor de tu cuello y te di un beso en la boca con toda la pasión y deseo que pude. Tus labios se hundieron en los míos en un beso casi femenino inolvidable. No hubo recodo que no explorara, nuestras lenguas se entrecruzaban y se lamían mutuamente, mordisqueaba tus labios y tú los míos. Fue un beso largo y profundo, apasionado, un beso de entrega. No sentía el tiempo pasar, sólo estaba atenta a tus besos, a tus caricias y a tus jadeos. Mi corazón palpitaba sobre tu pecho y mis tetas se oprimían entre tu cuerpo y el mío. Tus manos pasaron de la cintura, acariciando mi espalda, a mi cuello y mis hombros. Aquel beso era más que increíble y yo deseaba que no se acabara nunca. De pronto una de tus manos acarició mi culo y la otra mi entrepierna, me aparté de ti. Te quedaste mirándome quizás un poco extrañado. Habíamos quedado en darnos un beso y eso es todo -te aclaré algo enojada, aunque con una gran excitación, pues los besos que nos dimos fueron alucinantes. Sin contestarme volviste a besarme y abrazarme. Otra vez me dejé llevar por mis deseos, mis uñas y mis dedos acariciaban tus cabellos mientras me concentraba con los ojos cerrados en otro fantástico beso. Nuestras lenguas se fundieron en un largo beso. Nuestros cuerpos se acarician en un va y viene incontrolable. Se mezclaba nuestro sudor, se rozaban nuestros sexos y cada vez más descontrolado bailaban nuestras caderas Nuevamente tus manos acariciaron mi culo, nuevamente volví a retirar tus manos, pero esta vez sin dejar de besarnos. Insististe nuevamente sobre mi culo y aunque estaba muy caliente quise terminarla. ¡Marcos! mejor no continuar porque nos vamos arrepentir. Los dos estamos comprometidos y esto es un camino sin retorno. ¡Ayúdame, por favor! Sonreíste tiernamente, me guiñaste un ojo y volviste apretarte contra mí y besarme No me atrevía moverme, sabia que estaba demasiado excitada y cualquier movimiento podía hacerme llegar nada mas empezar. Tenía que calmarte, relajarnos un poco, bajar la tensión amorosa. Entonces empezamos a decirnos muchas cosas con los ojos, acariciándonos la cara mutuamente y nuestros cuerpos volvieron a quererse solos, tenían propia voluntad. Perdí totalmente la cabeza cuando tu mano se deslizo esta vez por debajo del vestido, subiendo por detrás de mi muslo, introduciéndose bajo mi tanga y tocándome directamente los labios mayores. Tu otra mano los abrió y empapada con mis flujos penetraste con tus dedos en mi ardiente vagina. Entonces totalmente entregada, me separaste unos centímetros Lo suficiente para calentarme hasta el deseo. Con los ojos cerrados gozaba esas dulces caricias. Insólitamente acercaste tu boca a mi oído y en una especie de susurro dijiste: Quiero pedirte otro favor... ¿Cuál? -pregunté intrigada. ¿Me regalarías la ropa interior que llevas puestas? ¿Cómo? pregunté algo asustada. ¡No! no creas que sea un tipo raro ni un fetichista. Solo quisiera tener algo tuyo, algo que ha estado pegado a tu piel, algo que esté impregnado de tu olor. ¿No me harías ese regalo? ¿Y me vas a dejar sin nada debajo del vestido? Vamos, por favor...es más excitante andar desnuda. Me quedé un poco pensativa, pero quizás tus palabras y la mezcla de alcohol y excitación hicieron que cediera. De acuerdo, te haré ese regalo - dije sonriendo. Me desabroché el sostén y sacándomelo por el escote, te lo entregué. Era de color turquesa, bonito por cierto. Te lo llevaste a la cara y estuviste oliéndolo como si fuera una rosa recién cortada. No pude evitar reírme de la situación, que al mismo tiempo me producía un extraño placer. Siguiendo con la operación, metí mis manos bajo el corto vestido y lentamente, con mucha sensualidad, bajé mis bragas, del mismo color, deslizándolas por mis piernas, sin dejar de mirar tus ansiosos ojos, y te las entregué diciendo: Están algo mojaditas, porque has conseguido ponerme muy caliente ¿sabes? ¡Mejor aún! -suspiraste mientras te llevabas la prenda a la nariz y la olías con deleite. Luego te acercaste y volviste a repetir: Eres un sueño... Esta vez me lancé yo y amarrándote por el cuello te pasé mi lengua por la comisura de tus labios. Luego lamí tu oreja, cosa que te gusto mucho porque se notaba cómo tus vellos se erizaban. Mientras besaba tu cuello, acariciabas mi espalda por encima del vestido que sin ropa interior me hacías estremecer. La fina tela del vestido hacía más excitantes tus caricias. De mi espalda bajaste hasta mis nalgas que apretaste con fuerza por encima de la tela. Subiste por mis caderas y acariciaste mis tetas. Gimiendo de placer, te mordía en el cuello. Me estabas matando de deseos... Tus caricias continuaron por debajo del vestido. Mis muslos, mis caderas, mi culo, el vello de mi pubis. Seguiste con la operación de caricias y me desabrochaste los botones del vestido uno por uno. Te ayudé y cayó al suelo. Me quedé desnuda. Nos separamos, agarrándonos de las manos. Observabas detenidamente mi silueta desnuda, mis tetas, mis piernas, mi ombligo, mi sexo... ¡Me gustas tanto! –suspiraste... ¡Eres aún más hermosa de lo que imaginé! Estás rebuena... Acariciabas mis tetas con fuerza mientras metías la cabeza entre ellas y las chupaba golosamente por todos lados, poniendo especial atención en los duros pezones. Mi calentura estaba en el límite, sentía que de seguir así pronto llegaría al clímax sin penetración. Estaba muy, muy caliente... Te ayudé a despojarte de tu camisa, quitándole los botones mientras besaba tu pecho y mordisqueaba tus hombros. La prenda cayó al suelo. Afloje el cinturón del pantalón y bajé la cremallera... pude notar tu pija a través del Slip. Regresamos a nuestros besos y caricias. Tu dura verga se apretaba contra mí, deseosa de participar en el juego. Extendiste tu ropa en el suelo y me acostaste sobre ellas. Abriste mis piernas admirándolas mientras acariciabas con suavidad mis caderas, después la cara interior de los muslos y mi vulva, que derramaba sus flujos cuando posaste tu mano en ella. Bajaste hasta mis pies, con tu larga lengua comenzaste a chupar mis tobillos, mis pantorrillas, mis muslos, subiendo por mis caderas. Chupaste y besaste con suavidad mis pechos, llegaste hasta mi boca y mis labios fueron de nuevo devorados por los tuyos. Bajaste otra vez a mis piernas. Tu cara se metió entre mis muslos, besándome las ingles, haciéndome desear que me comieras la concha. Hacías círculos con tu lengua alrededor de mi monte de Venus y yo te suplicaba: ¡Qué gusto me das...! Chúpame, chupame... Ya no puedo más... Sonreíste dulcemente sin dejar de mirarme profundamente mientras tus labios rozaban mi vulva, mojando mis ingles, lamiendo mi culo y se abrían camino en mis labios menores buscando mi perla que ardiendo esperaba. ¡Que enorme placer que me dabas! Sentía tu lengua en mi concha empapada de flujo y saliva, llenándome a besos, entrando y saliendo. Un grito se escapa cuando atrapas mi clítoris, mi cuerpo se eriza de goce y placer, quería morirme en esos momentos de enorme tormento. ¡Jamás conocí momentos iguales! Me sentía tuya, que te pertenecía, que era tu esclava, tu sierva, mujer. Y tu como hombre con ese amor infinito que suelen ustedes tener pocas veces, me dabas la dicha, el regalo preciado que habías robado de tantas mujeres para volcar en mi cuerpo el arte de amar. Perdona...No recuerdo el tiempo que pasó, estaba muy lejos, quizás soñando, quizás amando también. No se el momento que tratando de correr mis cabellos sobre mis ojos descubrí algunas lagrimas... ¿había llorado? Me daba vueltas la cabeza, estado de trance loco para que no se acabara nunca. Los ojos cerrados, los labios entreabiertos, estaban en tu mundo de placer disfrutando el momento, tratando de retener mis flujos al máximo como me habían enseñado para llegar al éxtasis y terminar contigo. Cuando te susurre que ya no iba a aguantar mucho, tu lengua nuevamente empezó acariciarme el clítoris y tu respiración se acelero en seguida. Ambos estábamos al límite y la locura se adueño de nosotros en los minutos siguientes. Cuando volvimos a abrir los ojos estábamos abrazados, boca contra boca, mi mano cogida de la tuya jugando con ese liquido que se deslizaba a lo largo de nuestras piernas, mezclándose con el sudor hasta llegar a tu ropa que nos servia como sabanas... El olor a sexo inundaba el ambiente, era seguro que pronto ayudaría a recuperar rápidamente la fuerza de nuestros cuerpos. Te sonreí. Nos besamos de nuevo. ¡Mi turno! te dije cambiando de posición, colocándote boca arriba en el suelo sobre tu ropa mojada de flujos. Aún no había visto tu pija y estaba impaciente por tenerla entre mis labios. Me arrodillé frente a ti, tumbado como estabas en el suelo y lentamente te saqué el Slip. Tu pija dura como un palo salto frente a mi cara. La agarré por la base y con la punta de mi nariz comencé a subir rozándole muy suavemente desde los huevos hasta el glande. Eché su piel hacia atrás y le di un besito en la punta. Desprendía un olor incomparable. No era verdaderamente sexual, era indefinido, obsesivo. Nunca volvería a oler algo así, auque desde entonces haya buscado entre miles de perfumes algo parecido... ¡Marcos! Gemiste como un niño...la solté para hacerte desear el momento de chupártela. Me levanté y me quedé observando tu cuerpo. Estabas muy bien, un cuerpo bien cuidado. Allí estabas, tumbado, completamente a mi merced y esperando que yo actuase. De pie como estaba me contoneé acariciando mis caderas y apretando mis pechos entre mis manos al tiempo que mojaba mis labios. Aquel espectáculo te gustaba lo leía en tu ojos, empezaste a masturbarte. Me agaché y cambié tu mano por la mía haciéndole un lento masaje en la piel de tu pija. Te abrí las piernas, con mis tetas empecé a rozar tus pies, tus muslos, rocé suavemente la pija y subí con mis pezones dibujando tu cuerpo hasta ponértelos en la cara. Con mi lengua empezando por la frente, retorne hacia abajo lamiendo tu cara, tus labios, tu cuello, tu pecho, tu ombligo, el interior de tus muslos hasta llegar a los tobillos. Regrese a tus huevos que lamí suavemente recorriendo aquella pija hasta llegar al frenillo donde mi lengua dio unos pequeños golpes y mis labios besaron su capullo. Después rodeé la punta con mis labios y apretándolos fui bajando lentamente hasta tenerla casi entera dentro de la boca. Subía y bajaba mis labios observando tu cara de vez en cuando que era todo un poema pues, con los ojos cerrados, te retorcías, gemías y hacía muecas de todo tipo. Estabas disfrutando intensamente de mi mamada. De vez en cuando la sacaba y la pasaba entre mis pechos, volviendo después a la operación de chuparla lentamente, con ganas, con ternura. Estabas muy excitado y tu cuerpo temblaba. Cuando observé que estabas muy cerca del orgasmo, paré por completo todas mis operaciones separándome, poniéndome en pie de nuevo. ¿Qué haces? Preguntaste alarmado. ¡Silencio! Te ordene llevando mi dedo índice a los labios. Me coloqué de pie con las piernas abiertas a los dos lados de tu cintura comenzando un baile un baile muy sensual, agachándome hasta casi rozar tu erecta pija, pero sin tocarla, cosa que te volvía loco, pues estabas deseoso de cogerme. Sudabas y temblabas con una enorme excitación. Me coloqué en cuclillas sobre ella, la agarré por la base y con la punta hice dibujos entre mis muslos. Tú cerrabas los ojos y me suplicabas. ¡Quiero cogerte! ¡Vamos, vamos! quiero metértela ya... Te hice suplicar un poco más y volví a levantarme. Me di la vuelta y, con las piernas abiertas como antes, bajé dándote mi espalda y con mi culo rocé tu pija. Con mis afiladas uñas arañaba suavemente tus muslos. No sabes que caliente que estaba, moría por cogerte pero también gozaba con aquella situación. Me volví de frente sobre ti bajando lentamente mis nalgas hasta acercar mi concha a la punta de tu pija, siguiendo por la raya, detenerme sobre el clítoris, mojar tu glande en mi ardiente vagina... Era el momento de la penetración pues tu ¡Marcos!... estabas desesperado y tu cuerpo se arqueaba. Tu cara y tus palabras suplicaban. Puse tu tenso miembro a la entrada y lentamente, arrodillándome con suavidad, me la introduje por completo. Los dos gemimos incluso solté un lastimero grito de goce. Puse mis manos sobre tus hombros flexionando las caderas con suavidad, empezando a meter y a sacar aquella hermosa pija dentro de mí. ¡Qué bien, qué gusto! Te decía una y otra vez. ¡Creí morir! Morir por el placer que me hacías sentir Tu solo alcanzabas abrir los ojos de vez en cuando para ver cómo tu miembro se colaba en mi húmeda concha. Mis tetas saltaban al compás de aquel magnífico polvo... Mojé mis labios, pues mi garganta se quedaba sin saliva. El ritmo se fue acelerando poco a poco. Tu glande casi salía por completo de mi sexo y de repente volvía a entrar hasta el fondo. Mi culo chocaba contra tus muslos. Nuestras manos acariciaban nuestros cuerpos y tu pija entraba y salía con un ritmo más acelerado dentro de mí. De pronto te paraste e invertimos las posiciones, poniéndome debajo de ti. Abracé tu cintura con mis piernas y tú clavaste la pelvis contra mi sexo, perforándome de nuevo. Tus duras embestidas no tardaron en darme una serie interminable de orgasmos, mientras te insultaba en cada uno como una válvula de escape por el gusto que me estabas dando. Al oír mis palabras y fruto de una gran excitación, acabaste con ganas en mi interior inundándome con tu leche. Yo notaba el calor del semen chocando contra las paredes de mi vagina. Nos quedamos abrazados unos minutos en silencio, hasta que tu pija agotada salía vencida de la victoriosa vagina. Detrás la acompañaba un torrente incontenible de flujos que se derramaban y extendían sobre el piso. ¡Nunca olvidaré esto! -dijiste. Fue muy hermoso y lo recordare por siempre, terminaste Continuamos abrazados, guardando esas sensaciones de placer en nuestros ardientes cuerpos en lo que empezó siendo un simple beso. No te volví a ver desde entonces. Simplemente desapareciste. Hoy me entere de ti cuando vi tu alias en varios cuentos. Pero guardare el recuerdo de ese día para siempre.” Mateo Colon