ORGYA RECENS



Por katos


Se contemplaba en el espejo que ocupaba la totalidad de una de las paredes de la sala. Su cuerpo siempre había sido su más preciado tesoro. Largas horas pasaba adorando todas y cada una de las líneas que marcaban su anatomía. Su ritual preferido era desvestirse, poco a poco, delante de él. Hoy, como cada día, el ritual empezaba.

Las ropas que cubrían su cuerpo liberaban lentamente la masa informe de grasa que caía a grandes borbotones aquí y allá, sin orden de ningún tipo. Sus dedos recorrían todos y cada uno de los bultos que, al no estar oprimidos por nada campaban a sus anchas, en cascada, sobre su muy bien dotado miembro, proporcionado al resto del embalaje.

En estado de reposo, su muy bien dotado miembro, sobrepasaba las dimensiones que se podrían entender por "normales" y su diámetro era de tal calibre que algunas de las pocas hembras que habían intentado succionarlo, habían desistido en su empeño por el grave riesgo que para sus bocas comportaba.

En cambio, en su figura, había algo que no cuadraba con el resto, su cabeza, reducida a la más mínima expresión, hundida sobre sus hombros, dos pabellones auditivos de tamaño considerable, cejas de pelo largo pero poco poblado,... hacían un conjunto devastador.

Pero, para él su problema no era su físico, del que como se ha dicho, estaba plenamente satisfecho, era su desbordante pasión por las hembras de sus mismas características.

Eso, a decir verdad era un poco difícil de encontrar, hasta que un día...en el umbral de la puerta apareció lo que él había estado buscando, su alma gemela. Ningún tipo de vestidura oprimía aquel cuerpo grasoso y abultado que desprendía un olor nauseabundo que procedía de su sexo, sus piernas separadas dejaban entrever el vello púbico agarrotado por la suciedad. El espectáculo maravilloso que le ofrecía hizo que su muy bien dotado miembro empezara a temblar alcanzando rápidamente unas dimensiones dignas de espanto para cualquier otro. Mientras ella avanzaba hacia aquello, él se tumbó en el suelo, frente al espejo, esparciendo su masa de grasa encima de la alfombra, desapareciendo ésta al instante. La hembra, sin ninguna dificultad, se agachó unos centímetros, con las piernas totalmente abiertas, encima de él, colocando con la mano aquel miembro majestuoso en el interior de su cueva.

El ritual empezó con alguna dificultad. Ella aunque se movía suavemente, hacía que un ligero temblor sacudiera algunos de los muebles de la habitación. Un cajón que se abría, una lámpara que se tumbaba..., pero ellos no se daban cuenta de nada, sólo se miraban a los ojos y desde su perspectiva él admiraba los regueros de aquél líquido espeso que resbalaba por las piernas de "su" hembra Al cabo de unos largos minutos, su muy bien dotado miembro había penetrado en su totalidad.

Con el miembro viril asomando por su boca, la hembra moría empalada en un charco de sangre.



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