Mi primo Ernesto, mi primo Iván y Yo...



Por Remo

MI PRIMO ERNESTO, MI PRIMO IVÁN y YO…

Siempre me gustó más leer que escribir pero esta vez me decidí a escribir más por necesidad que por placer. Hoy hace exactamente un año que ocurrió lo que para mi fue el fin y el comienzo de una etapa distinta en mi vida.
Me llamo Daniel, tengo 32 años y vivo en la ciudad de Montevideo. Descendiente de inmigrantes austríacos, por eso la altura, mido 1,92, soy rubio, de ojos azules y de un físico bien trabajado. Siempre me gustó el deporte por el deporte en sí, por eso de trabajar alma-mente-cuerpo y no por competencia. Disfruté y sigo disfrutando de todos los deportes acuáticos. Ya el rugby no lo practico más. De algunos deportes de riesgo hay que saber retirarse a tiempo.
Como comentaba, nunca me interesó competir, salvo con Ernesto, mi primo. Con él si competíamos pero simplemente por diversión. Ernesto, también de descendientes austríacos, es rubio, de ojos verdes, con un físico privilegiado, de hombros bien derechos, de pelo en pecho, siempre muy tostado por el sol con 1,90 de altura y 30 años de edad.
Desde niños competíamos en todo y por todo pero siempre como un juego. Probablemente ese juego nace por parte de nuestros familiares. A pesar de yo ser dos años mayor, no sólo parecíamos y parecemos hermanos sino que además parecemos mellizos. Muchas veces, muchísimas, la gente ha hablado con uno creyendo que era el otro. Tal vez por ese parecido es que nuestras competencias eran para ver cual de los dos “ganaba” y así marcar diferencia. Somos iguales “pero yo soy más rápido en natación y vos sos más rápido en remo”. Así nos gratificábamos.
Lo cierto es que Ernesto y yo compartimos toda nuestra infancia, la adolescencia, parte de la juventud y ahora la madurez. Siempre fuimos muy buenos amigos y muy confidentes. En realidad siempre fuimos muy buenos hermanos, sin serlo.
En todo lo que tiene que ver con el desarrollo físico e intelectual, obviamente yo siempre le llevé dos años de ventaja. Sé que para él fui un referente, alguien a seguir. En lo que se refiere al sexo también. Cuando nosotros éramos pre-adolescentes no existía Internet, por lo tanto nos teníamos que rebuscar consiguiendo alguna revista porno para saciar nuestras ganas y fantasear con la chica de la portada.
Si bien hablábamos de sexo, nunca tuvimos ningún acercamiento y ni siquiera tuvimos atracción el uno por el otro. Ambos estábamos bien definidos como heterosexuales.
El mayor acercamiento fue cuando Ernesto a los 15 años tenía reales deseos de experimentar el sexo pero tenía el temor natural de no saber como hacerlo. Entre los dos nos pusimos de acuerdo y decidimos que su forma de aprender sería viendo cómo yo lo hacía.
Esperamos una noche que mis tíos iban para el campo y llamé a una chica que conocía bastante para que accediera a nuestro plan. Lo cierto es que esa noche fui el maestro de mi primo. Me dediqué a hacer mi trabajo como amante de esta buena chica y le mostré todo el placer que uno siente al tener una relación sexual. Convengamos que en ese entonces yo tampoco tenía demasiada experiencia pero al menos ya había tenido sexo, por lo tanto creía que me las sabía todas.
Mi primo se dedicó a mirar, y por lo que recuerdo ni siquiera se movió del sillón en el que estaba sentado. Tiempo después me confesó que si hubiese sido por él se hubiese tirado a la cama proponiendo “un menage a trois” pero que en realidad no se animó.
Nuestra relación continuó normal, compartiendo nuestras salidas, nuestras diversiones y también los deportes y aquel tema había pasado al recuerdo.
El primer gran momento fue cunado cumplí 21 años. El mismo día de mi cumpleaños nuestro equipo de remo había ganado un campeonato entre clubes. Lo cierto es que mis siete compañeros (incluyendo a Ernesto) tuvieron la idea de festejar mi cumpleaños y el triunfo de una manera muy particular y a modo de sorpresa para mí.
El evento se había planificado en la casa de balneario de los padres de Joaquín. Cuando llego, ya estaban los siete esperando en la entrada. Por sus caras imaginé que la noche iba a resultar de bromas pesadas hacia mi, pero por el contrario, mi sorpresa fue que después de saludarlos abren la puerta de la casa y dentro había tres chicas realmente hermosas tal cual Dios las trajo al mundo. Realmente quedé sorprendido, porque si bien éramos un grupo de amigos que hacía deporte y también salíamos a divertirnos, el sexo no era un tema demasiado recurrente.
Me sorprendió ver la situación. Me sorprendió saber que esa era la forma que habían preparado el festejo del triunfo y de mis recientes 21 años pero más me sorprendió la actitud desenfadada de mi primo Ernesto. Ni bien puse un pie dentro de la casa él se adelantó a romper el hielo. Lo vi desnudarse a la velocidad de la luz y la verdad es que nunca vi a alguien que tuviera una erección tan rápida como la que tuvo él en ese momento. Aseguro que nunca sentí curiosidad por detenerme a mirarlo desnudo. Es más, muchísimas veces nos cambiábamos y nos bañábamos en distintos vestuarios y jamás sentí curiosidad alguna. Ni por él ni por ninguno de mis compañeros.
Lo cierto es que me quedé sorprendido de verlo en una actitud que no le conocía. Vuelvo a la realidad cuando escucho que Ernesto me dice: “ahora vas a decirme si aprendí bien lo que me enseñaste hace unos años atrás. Sentate en ese sillón y no dejes de mirar”.
Tres de mis amigos fueron hacia una de las chicas y los otros tres hacia la otra. Yo cual robot, me senté y me dispuse a mirar tal cual me lo había indicado mi primo.
Hubo dos cosas que me llamaron poderosamente la atención: la primera fue descubrir lo hermoso que se veía mi primo cogiendo como macho en celo, por otra parte, y aunque tal vez suene poco humilde de mi parte y un poco raro al mismo tiempo, tuve la sensación de verme a mi mismo cogiendo con esa chica. Tal vez el parecido, tal vez el que años antes yo haya estado en su lugar y en el mío sentado en un sillón hizo que me confundiera.
Por momentos sentía que estaba hipnotizado y dejé de estarlo en el momento que sentí cómo mi bulto quería escapar de mis pantalones casi con desesperación. Fue así que me levanté del sillón y caminé tres pasos hacia donde estaban mi primo y la chica.
En el mismo momento que bajé mi bragueta la chica no dejó de mamármela hasta que sacó todo mi líquido pre-seminal.
Como no quería acabarme tan rápidamente, me alejé apenas y empecé a desnudarme y me recosté boca arriba sobre el sillón de tres cuerpos. Si bien sentía los gemidos de placer de mis otros compañeros y sus amantes, nunca perdí de vista lo que realmente tenía atrapada toda mi atención: mi primo.
Al verme acostado boca arriba, mi primo y la chica se acercaron a mí. Ernesto la ayudó a sentarse bien sobre mi verga dura al tiempo que no dejaba de amasarle las tetas. En un momento le pidió que se la mamara para lubricarle bien la verga que le iba a taladrar su culo. Ella accedió inmediatamente y yo no pude dejar de mirar esa enorme verga que mi primo manejaba a la perfección. Si bien no era una verga descomunal, era muy parecida a la mía (de unos 19 cms.) pero mucho más gruesa. Me atrevería a decir que su contorno no era menor a los 20 cms.. Para dar un ejemplo era similar a un frasco de desodorante ambiental. Además yo la estaba mirando desde abajo, lo cual la perspectiva es mucho mayor.
Al terminar de mamársela, el se acuesta va detrás de ella y se la mete profundamente por su culo. La cara de la chica lo decía todo. El era el fiel reflejo de un macho con todas las letras. Yo no me movía, sólo dejaba que el ritmo lo impusiera mi primo. Su mete y saca hacía que mi verga también adquiriera ese mete y saca y al mismo tiempo sentía cómo me hundía en ese sillón de cuero cada vez que su verga arremetía en lo más profundo del cuerpo de la chica. Después de más de quince minutos de un total y nuevo placer para mi, tanto a mi primo como a mi nos vienen ganas de acabar. Ernesto se para al lado del sillón y yo saco la verga de adentro de la mujer. Acabo hacia el cielo y todo mi semen cae sobre mi pecho. Al mismo instante la chica empieza a lamerme todo para conseguir hasta la última gota de todo mi semen. Mi primo le dice: “ahora tragate toda esta leche”. Acaba también sobre mi pecho una enorme cantidad de semen, no menos de cinco tiros abundantes, y uno de ellos gotea sobre mi labio inferior. Mi primer reflejo fue correr la cara pero al instante e instintivamente pasé mi lengua por el labio y pude saborear su néctar.
Debo reconocer que el resto de la noche no quedó en mi recuerdo. Ni siquiera la cara de la chica. La única imagen que persistió en mis pensamientos fue la embestida de mi primo Ernesto. Su actitud, su sudor, el golpeteo de sus testículos contra los míos.
A partir de ese hecho mi vida ya no fue la misma. Nunca me atrevería a confesárselo por lo tanto nuestra relación (al menos de mi parte) ya no iba a ser la misma.
A pesar de seguir viéndonos y seguir compartiendo los deportes y las diversiones ya mi mirada no era la misma. Sólo lo deseaba. Me costaba mucho estar en las duchas de los vestuarios frente a él y no mirar su magnífica verga. Más me costaba enviarle a mi cerebro información rápida y suficiente para abortar cualquier mínima erección.
Si bien siempre me consideré hetero, nunca catalogué a la gente aunque la verdad hasta ese momento no entendía muy bien qué podía desear un hombre de otro hombre.
Mi alejamiento de mi primo fue ciertamente casual. Tuve la gran oportunidad de comprar a crédito una casita saliendo de la ciudad de Montevideo y a partir de ese momento mi vida giró entorno a esa nueva ciudad. Inmediatamente me inscribí en un nuevo club y empecé a generar nuevas relaciones.
Diez años después puedo decir que en aquel momento era un jovencito bastante atractivo y me consta que tanto mujeres como hombres se me insinuaban constantemente. Pero la realidad era que yo sólo pensaba en Ernesto, al grado de generarme la duda si era deseo o un profundo amor.
Sin darme cuenta y probablemente sin quererlo, el nuevo vestuario y las nuevas duchas hicieron desinhibirme al grado de sonreír cuando descubría a un muchacho de mi edad o menor espiando mi físico y en particular mi verga. Empezó a calentarme todo ese ritual al punto que dejé llevarme por el instinto y tuve varios encuentros sexuales con tipos que buscaban en mi exactamente lo mismo que yo buscaba en Ernesto, sexo fuerte, embestida animal, llevar la verga hasta el fondo de un buen culo apretado logrando sacar lágrimas de dolor y placer en el otro.
Después de un largo tiempo de sexo casual, tanto con hombres como con mujeres, decido entablar una relación formal con una chica de la zona.
Para ese entonces, mi primo Ernesto había viajado a España a hacer un post-grado.
Ya nuestra comunicación era vía telefónica y vía mail. El disfrutaba de sus andanzas por Europa, las cual me contaba con lujo de detalles, y yo las fantaseaba en la cama con mi novia o a veces, no puedo negarlo, con quienes le era infiel.
Decido casarme, olvidarme de Ernesto, olvidarme del pasado y seguir mi vida por el camino que nunca debería haber dejado.
En menos de tres años tengo tres hijos y me transformo en un esposo y padre bastante hogareño. Si bien seguí yendo al mismo club, todos empezaron a entender que había decidido cambiar mi vida y si bien seguía dándome cuenta que mi verga seguía siendo atractiva para muchos, no muchos tenían la posibilidad de probarla nuevamente.
Hace un poco más de un año recibo un llamado desde Irlanda de mi primo Ernesto pidiéndome que le alquile un departamento ya que había tomado la decisión de volverse a Montevideo.
Ya de regreso en la ciudad, volvemos a tener contacto y a ponernos al día con nuestras vidas.
En el tercer o cuarto encuentro noto cómo quería llevar la conversación al plano sexual. Era tan evidente que terminé diciéndole: “lo que quieras preguntarme hacelo pero de frente, sin rodeos”. Duda pero lo larga todo de golpe: “hace un tiempo conocí en Ibiza a unos tipos que dicen conocerte muy bien, del club donde todavía hacés deporte”. “Quiénes eran ?” pregunté. “Tus amantes”, me responde. “Qué ?! No tengo amantes, soy casado y fiel, a veces, pero amantes no”. Ernesto me dice: “bueno, a mi me llegó el dato que no sólo te cogés a varios en tu club sino que además te los cogés muy bien”. Me reí. No quise seguirle la corriente y sólo me dediqué a responderle que a veces la gente habla de más porque no puede conseguir lo que busca.
La verdad es que a pesar de mis excusas sentí que no me creía, lo cual era cierto, le estaba mintiendo en su propia cara, pero decirle toda la verdad era decirle que cuando cogía con ellos e incluso con mi esposa, sólo pensaba en él.
Cuando nos despedimos Ernesto me pide de encontrarnos el domingo siguiente porque llegaba de paseo Iván, un primo nuestro de Rusia, con el cual Ernesto se había encontrado en Ibiza pero yo la última vez que lo había visto haría 20 años.
Ese domingo, hace exactamente un año, paso a buscar con el auto a Ernesto y juntos vamos al aeropuerto. Después de dos horas de espera ya que el vuelo estaba atrasado, vemos llegar a nuestro inconfundible primo. Lo que vulgarmente decimos: un ropero. Mide 1,95, rubio, tostado por el sol y el salitre del mar, unos ojos verdes que se ven de media cuadra y unos bigotes espesos del mismo color de su pelo. Llevaba puesta una remera blanca bastante ajustada y unos pantalones que dejaban entrever un bulto interesante. Nos hundimos en un abrazo profundo, y a pesar de ser yo bastante grande también, debo reconocer que su abrazo casi me parte dos costillas.
Recién entrados al departamento de mi primo, Ernesto me pide que saque unas cervezas de la heladera para festejar el reencuentro.
Iván es muy alegre, extrovertido, casi gritón. Empinó una botella e hizo fondo blanco en menos de tres segundos. Aliviado por la sed el primer favor que le pide a Ernesto es el baño para darse una buena ducha. En esa época del año, otoño casi invierno, Iván se dio una ducha de agua fría. Ya repuesto, vuelve a donde estábamos Ernesto y yo cubierto sólo por una toalla blanca atada a la cintura. Su torso era descomunal. Diría que perfecto. Pelo en pecho, muy bronceado y con una espalda no menor a los 70 cms. Brazos fuertes, musculosos pero no fabricados a fuerza de horas de aparatos de gimnasia.
Empezamos a hablar y cerveza va, cerveza viene. Pasadas las horas y después de varias anécdotas le pregunto a qué se dedica y me responde: “trabajo en barcos porque es lo que realmente me gusta y además me dedico a dar placer porque es lo que me da dinerillo”. Casi incrédulo le pregunto: “dar placer ?”. A lo cual me responde: “coger, como dicen acá. Es que tengo treinta y siete años y este buen amigo”. Cuando termina su frase, abre su toalla y deja ver un pedazo de carne espectacular jamás antes visto. Era tan grande y tan gruesa que en reposo daba la sensación de estar viendo una alucinación. Creo que mi mandíbula cayó al suelo y mi primo Ernesto no paraba de reír al verme. Al haberse encontrado en Europa tiempo antes, Ernesto ya sabía del trabajo y de los atributos de nuestro querido primo ruso.
“Las chicas y los chicos pagan para verla crecer”, me dice. “No lo dudo” pensé y creo que también lo dije. Mi verga, que siempre creí que era grande, era la de un niño de cinco años comparada con la de su padre.
Ya con muchas cervezas encima el primo Iván dice: “si alguno se anima a tocarla pueden ser testigos de la realidad, eso si, entre familiares no hay negocio, sólo placer”. Miro a mi primo Ernesto, y al tiempo que se prende un cigarrillo me dice: “me enseñaste la primera vez con una mujer, bien podés enseñarme la primera vez con un hombre, aunque por lo que comentan, vos ya tenés experiencia”. “Así que experiencia” dice Iván. Se para frente a mi, tira la toalla al suelo y pone su enorme verga delante de mis ojos. Quedé atónito, sin saber que hacer. Iván agarra mi mano y la lleva hasta su enorme falo. No pude dejar de tocarla, de acariciarla, como un tesoro que había estado escondido por años. Cuando me di cuenta lo que estaba haciendo miro a Ernesto y asintiendo con su cabeza me dice: “lo estás haciendo muy bien”. El pedazo de Iván iba creciendo de manera lenta pero segura. Su verga iba poniéndose cada vez más dura hasta que de pronto saqué la mano y me paré.
Ernesto dice: “eh, no puede ser que termine así el espectáculo, Iván no está acostumbrado a ser despreciado”. Iván asiente y agrega: “soy experto rompiendo culos vírgenes, porque el tuyo lo sigue siendo, no ?” Inmediatamente le respondo: “y lo seguirá siendo”.
Iván me da un abrazo cariñoso aunque no dejé de sentir ni por un instante golpear su verga contra la mía, escondida detrás de un pantalón que dejaba claramente entrever que estaba a punto de estallar.
Mi primo Ernesto se para y dice:”bueno, parece que todos estamos calientes”. Miro su bulto y baja suavemente su bragueta. Se saca su pantalón y abre los botones de su camisa. Vuelve a sentarse y sin emitir sonido hace un guiño dándome a entender que espera la mejor mamada de mi parte. En ese preciso instante se me olvidó que Iván estaba presente y sólo recordé aquel encuentro sexual cuando festejábamos mis 21 años. Diez años después y el momento había llegado.
Creo que no pasaron los tres segundos y yo estaba mamando la verga de Ernesto con el deseo escondido de años. Por sus gestos y gemidos pienso que nunca nadie se la había mamado con tanta dedicación y placer. Recorría mi lengua por todo ese enorme pedazo que comparado con el de Iván era chico pero igualmente llegaba hasta el fondo de mi garganta provocándome arcadas. Iván intentó tocarme el culo pero no lo dejé. En ese momento Ernesto se para y dándome un beso de lengua casi interminable le dice a Iván: “no, ese agujero lo merezco primero yo”. Iván se sienta en el lugar que estaba Ernesto me agarra fuertemente por las muñecas y apoya mis manos sobre sus rodillas dejándome en posición casi en cuatro patas. Ernesto baja prolijamente hacia mi culo y empieza el mete y saca con su lengua haciendo que mi culo se abriera y dilatara tal cual él pretendía. Se coloca un condón y lubrica bien su verga. Apenas apoya la cabeza de esa enorme y deseada verga en la puerta de mi culo mi instinto hace contraerme. Ernesto me susurra: “no me la hagas difícil primo que me muero de ganas por desvirgar este culo hermoso”. Iván me mira y dice: “relájate”. Cuando pienso en hacerle caso, Iván me tira con fuerza hacia si, metiéndome su enorme verga en la boca, provocándome una impresionante arcada al punto de tener la sensación de querer vomitar. Iván dice: “venga” y como soldado mi primo Ernesto responde metiéndome su verga hasta el fondo de mi culo.
A pesar de mi fuerza, la fuerza de ambos pudo mucho más. El placer que me daba Ernesto por el culo también me lo estaba dando Iván por la boca aunque casi no me dejaba respirar. Iván decía: “sólo los machos aguantan esto, sólo los machos muy calientes soportan esta cogida”. Ernesto no paraba de serruchar, era rítmico y no paraba de preguntarme si me estaba haciendo feliz. Escucho el golpeteo de sus huevos contra mis glúteos y recordaba todas las noches que había soñado con ese momento. Llegó el momento de la acabada y su fuerza era cada vez mayor. Iván le pidió que no se acabara, que quería verme otra vez mientras se la chupaba. Ernesto sacó su verga de adentro de mis entrañas y desenfundó el condón tirándolo al suelo. Iván me gira y empuja mi boca haciéndome tragar nuevamente la verga de mi querido primo.
Iván me agarraba del pelo y me obligaba a chupársela a los dos. Primero una y después la otra, con ritmo y sin detención. En un momento le pidió a Ernesto que se sentara así podía él probar mi culo desvirgado y explorado por la verga de Ernesto.
Creo que me estremecí de miedo al pensar lo que podía sufrir con la verga de Iván dentro de mí. Ernesto se dio cuenta y en vez de llevarme la boca a su verga la llevó hacia su boca dándome un exquisito beso que yo hubiese deseado no terminara nunca. Iván colocó la enorme y perfecta cabeza de su verga en mi culo, y de a poco me la fue metiendo. Sentí placer, mucho placer, y al aflojarme y decidir disfrutar, dejé de sentir dolor.
Si bien su forma de coger era envidiable, mi concentración estaba en Ernesto. No dejé ni por un instante de lamer todo su cuerpo: su cuello, sus axilas, sus tetillas, su pecho entero, hasta sus pesados huevos llenos de leche a punto de estallar.
Iván saca su verga de mi culo y ya sin condón empieza a pajearse delante de mi cara con la intención de que me tragara su néctar. Ernesto se paró y le pidió que lo dejara a él. “Quiero que la primera leche que pruebe sea la mía”. Y así fue. Instantes después abrí la boca esperando todo su néctar. Lo hice como si lo hubiese hecho siempre. Lo cierto es que siempre lo había fantaseado. No paraba de acabar y cada tiro para mi significaba el súmmum del placer. Saqué sus últimas gotas con mi lengua, casi con desesperación. Segundos después Iván prefirió acabar sobre mi pecho, tal vez entendiendo que la única leche que estaba dispuesto a tragar era la de Ernesto.
Después de acabar sobre mí, el mismo pasó su lengua por mi pecho tragándose su propio semen. Su mano fue hacia mi verga y al primer roce acabé como nunca lo había hecho antes. Un profundo beso de Ernesto hizo que sintiera cómo mi leche recorría toda la verga hasta salir. Iván esparció con su mano por todo mi pecho mi semen dejándome con un brillo similar al del aceite.
Durante esa noche, lo hicimos un par de veces más. Hoy hace un año, y no puedo dejar de recordarlo porque ese momento me cambió la vida.



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