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Por Una cachonda desconocida
Me llamo Tania y soy una mujer bisexual. Aunque mis relaciones son únicamente lésbicas (he tenido novias y nunca novios), mi gusto por los hombres (principalmente por su pene) es irremediable. He tenido encuentros con hombres, pero no soy capaz de establecer una relación con uno, sólo me interesa su sexo y me gusta mucho.
Desde hace un tiempo que vivo con una mujer y, aunque estoy muy enamorada de ella, siento que me falta el sexo masculino y ése es un tema que del que no me atrevo a hablar con ella porque me da miedo lo que pueda pensar. Así que decidí darme gusto por mi cuenta sin que se enterara. De eso trata la historia que les quiero contar.
El trabajo que tenía entonces quedaba muy lejos de casa. Tenía que levantarme muy temprano y viajar más de una hora en metro. Para evitar el tráfico matutino, solía llegar 30 minutos antes de mi hora de entrada, así que me quedaba un poco de tiempo libre.
Bueno, un día tuve una idea cachonda: aprovechando que cada día viajaba un buen rato en el metro, buscaría algún hombre calenturiento que quisiera frotar su pene en mi trasero. No fue difícil: muchos hombres están dispuestos a hacerlo, sobre todo si finjo que tengo mucho sueño y no me doy cuenta.
Casi todos los días me daba gusto por un buen rato, sintiendo los bultos duros y calientitos en mi camino. A veces eran un poco tímidos, pero en ocasiones se juntaban con fuerza contra mis nalgas cuando el metro frenaba al llegar a una estación. Yo llegaba súper caliente a mi trabajo, directamente al baño a tocarme mientras fantaseaba con esos penes erectos.
Una vez pasó algo un poco fuera de lo común: en el metro iba frotando su pene contra mis nalgas un muchacho que parecía muy caliente, pues no disimulaba con sus movimientos. A mí no me importó porque también estaba muy caliente. Lo extraño no fue eso sino que, cuando bajé del metro para seguir mi camino al trabajo, él se bajó detrás de mí y, en las escaleras eléctricas, seguía frotando su miembro erecto contra mí. En cuanto bajé de las escaleras, él desapareció, pero me dejó muy cachonda.
Varios días después, volví a encontrarme con ese muchacho; lo reconocí por su manera frenética de pegar su verga a mi trasero. Volvió a salir detrás de mí para seguir dándome arrimones en las escaleras eléctricas. Me dieron ganas de mirarlo e invitarlo a hacer algo más, pero me daba pena, así que sólo disimulaba.
El muchacho me siguió durante varios días, ya se sabía mi camino: bajaba detrás de mí en el metro y se seguía frotando en mis nalgas mientras subíamos las escaleras eléctricas.
Un día me di valor: volteé a mirarlo y dije en voz baja: "¿No quieres que vayamos a otro lugar a hacer otras cosas?" El tipo se sorprendió, pero aceptó gustoso. Era muy temprano por la mañana, así que aún estaba oscuro afuera del metro. Yo conocía un camino solitario donde había un pequeño recoveco que seguro nos serviría de escondite (durante mucho tiempo lo había pensado, así que ya tenía todo planeado).
Llegamos a ese lugar y yo me quedé de espaldas para ver qué hacía el muchacho calenturiento; él no tardó nada en volver a frotar su pene con gusto contra mi trasero, pero ésta vez lo sentí con más fuerza. Cuando miré, me di cuenta de que se había sacado la verga, lo cual me excitó demasiado porque estaba durísima y rechoncha. No era muy grande, pero se me antojaba igual.
Me agaché frente a él, desabotoné un poco mi blusa, me bajé el brassiere y empecé a acariciar su verga con mis manos y mis senos. Ni él ni yo decíamos nada, sólo nos dejábamos llevar. Estaba desesperada por que me metiera esa verga que se veía tan sabrosa, pero no había condones y decidí darle una buena mamada.
Primero, lamí el miembro por el frente, de abajo hacia arriba. Mordisqueé con mucha suavidad la cabeza y después la chupé un poco. Seguí lamiendo todo el cuerpo del pene y bajé hasta sus testículos; los lamí y los chupé por un rato, mientras sentía que mi vagina se mojaba a más no poder. Seguí lamiendo y chupando el pene hasta que por fin decidí meterlo a mi boca. Como dije, no era muy grande, así que no me costó mucho tragarlo todo. Se notaba que a él le estaba encantando porque escuchaba sus gemidos; lo hacía en voz muy baja, pero gemía con gusto.
Después de un rato de estarle mamando el pene, como era de esperarse, tuvo una eyaculación. No soy fanática de tragar semen, pero no me iba a arriesgar a que me salpicara la ropa, así que me lo tragué: se vino en mi boca mientras yo lo seguía mamando. Fue riquísimo de sentir porque el pene se contraía y él sólo gemía mientras el semen iba directo a mi garganta.
Al final, me levanté, me acomodé la ropa y él preguntó: "¿Te puedo ver mañana?" Le respondí que claro que sí, que lo veía donde mismo a la misma hora. "Pero esta vez trae un condón".
Al día siguiente fue igual. Me lo encontré en el metro y, durante el camino, fue frotando su miembro contra mí, pero esta vez estaba más tranquilo, seguramente porque ya sabía que lo mejor estaba por llegar. Nos bajamos, salimos del metro y nos dirigimos a nuestro escondite. Esta vez yo me había preparado y vestía una falda de oficina.
En cuanto llegamos al lugar, él se sacó su pene que ya estaba erecto. Me agaché frente a él, se lo mamé un rato y después pregunté por el condón. Él me lo dio, lo saqué de su empaque y lo desenrollé alrededor de su pene. Me levanté, me subí la falda e hice a un lado mi braga para que no estorbara. Él no esperó más y juntó su verga con mi vagina; estaba tan mojada que entró con mucha facilidad.
Primero la metió hasta adentro y se movió despacio, mientras me agarraba las nalgas. Después, empezó a sacarla y meterla, también despacio. Yo estaba que me moría de gusto: hacía un buen rato que no me cogía ningún hombre. Enseguida empezó a moverse con más fuerza, metiendo su verga hasta adentro y sacándola casi por completo para volver a metérmela toda. Fue delicioso y los dos nos vinimos casi enseguida: primero yo y luego él.
Así pasó mucho tiempo: unos días sólo se la mamaba, casi siempre me cogía por la vagina y a veces hasta me cogió por el ano. Desafortunadamente, mi trabajo era horrible y tuve que dejarlo.
Aquel desconocido y yo nunca platicamos: sólo cogíamos muy rico por la mañana durante unos cuantos minutos. La última vez que nos vimos, sólo le dije que ya no iría a trabajar y que ya no nos veríamos más.
Ahora, cuando siento que me falta el sexo masculino, pienso en aquel hombre calenturiento que no dudó en darme gusto (para darse gusto, claro) más allá de una frotadita de verga en el metro y me es demasiado fácil encontrar el orgasmo con mis propias manos.
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