Es increible todo lo que un hombre puede soñar cuando se encuentra solo, sin novia y en una ardiente noche de verano. Estaba yo solo, con una chica rubia despampanante, de senos grandes, labios pequeños, blanca, sensual, alta, de 20 años y de brillantes ojos celestes. Ambos habíamos decidido salir a pasear a un lugar distinto, pues llevábamos varios meses de enamorados y queríamos ya experimentar algo nuevo.
Un día todo fue diferente. Ella se animó a aceptar mi deseo de ir al campo muy de mañana, así que alistamos nuestros equipajes. Ella buscó su mochila y yo mi maletín y ambos abordamos una camioneta de turismo que nos llevó a un poblado desconocido y acogedor.
Al llegar encontramos un parque hermoso en el que decidimos sentarnos sobre el césped a comer y descansar. Luego no se cómo ni en qué momento sucedió, pero volteé un instante para ver una estatua que había en el medio del parque, y cuando volví a girar la cabeza para ver a mi chica, ella estaba completamente desnuda. Me contemplé a mi mismo y yo lo estaba también. No llevaba prenda puesta y el calor abrasador me ponía con deseos intensos de hacer algo fogoso.
Sin importarme si había gente alrededor o no, y en serio había mucha gente, me acerqué más a mi chica, a quien llamaré Kristi, y la comencé a tocar. Su piel era suave, delicada, parecía un durazno maduro de lo suave y tierna que era. Acaricié cada centímetro, cada milímetro de su cuerpo como si fuera el único. Cada espacio de su piel blanca, clara como el marfil o la luna en medio del cielo de medianoche.
Me avalancé sin temer los tabués y acaricié su ombligo. Ese pequeño punto lo besé, lamí y excité tanto que ella gimió de placer. Subí con mis dedos por la línea que conduce hacia sus senos pequeños pero jugosos y se los toque como nadie ha tocado jamás los pechos de una mujer, con deseo ardiente, con pasión esplosiva recorrí su delicada curvatura. Luego chupé sus erguidos y rosados pezones como un bebé. Jugaba con ella, era mi muñequita sexual. Sus pechos eran tan deliciosos que todavía los recuerdo.
Después bajé por esa misma línea y llevé la pasión hacia el vientre de Kristi y su monte, poblado de suave vello, era rubio como cabellos de ángel. Jugué con los pequeños vellos de su coñito. Los acaricié e incluso arranqué dos de ellos. Le dolió a mi cachorrita así que le lamí inmediatamente el coño. Le encantó tanto que se vino tres veces sobre mi cara.
Al final no pude contenerme más y la penetré. Se lo hice en pose misionero, perrito y costadito para volver nuevamente a misionero y correrme de tal modo que creo haber llenado con mil litros de esperma sus ardientes entrañas. Confieso que me desperté del sueño tan cachondo que la amo desde ese momento y espero algún día sea mi novia en la realidad para continuar el relato.